lunes, 3 de junio de 2019

CAPITULO 6 (SEGUNDA HISTORIA)




—Qué grosería por nuestra parte, Pedro —exclamó Coco—. Tenerte aquí esperando, en la puerta… Pasa, por favor, y siéntate. ¿Qué te apetece tomar? ¿Té, café?


—Una cerveza en una botella de cuello largo —musitó Paula, irónica.


Pedro se volvió hacia ella, sonriente.


—Eso mismo. Has acertado.


—¿Cerveza? —Coco lo hizo pasar al salón—. En la cocina tengo una cerveza muy buena que uso para algunos platos de marisco. Paula, ¿querrás por favor entretener a Pedro mientras se la traigo?


—Claro. ¿Por qué no? —de mala gana, Paula le indicó una silla, tomando asiento frente a la chimenea—. Supongo que debería disculparme.


Pedro se agachó para acariciar a Fred, que los había seguido.


—¿Por qué?


—No habría sido tan brusca de haber sabido a lo que habías venido.


—Ah, ¿tú crees? —mientras el cachorrillo se instalaba en la alfombra entre ellos, Pedro se recostó en su silla y observó tranquilamente a su poco hospitalaria anfitriona.


Después de unos diez segundos de tenso silencio, Paula procuró dominar su impaciencia.


—Fue un equívoco bastante natural.


—Si tú lo dices. Me acusaste de venir a desenterrar unas esmeraldas. ¿A qué te referías?


—A las esmeraldas de las Chaves —al ver que se limitaba a arquear una ceja, sacudió la cabeza—. El collar de esmeraldas de mi bisabuela. Ha salido en todos los periódicos.


—No he tenido oportunidad de leer la prensa durante algún tiempo. Estaba en Budapest —se llevó una mano al bolsillo y sacó un largo y fino cigarro—. ¿Te importa que fume?


—Adelante —se levantó para conseguirle un cenicero—. Me sorprende que Teo no te lo dijera.


Pedro encendió un fósforo y se tomó su tiempo en prender el cigarro. Luego dio una profunda y placentera calada y soltó lentamente una bocanada de humo.


—Teo me envió un mensaje hablándome de la casa y de los planes de reforma, y pidiéndome que me encargara de ellos.


—¿Aceptaste un trabajo como este sin siquiera ver primero la propiedad?


—Sí, me pareció lo más adecuado —pensó que tenía unos ojos preciosos. Cargados de sospecha, pero preciosos—. Además, Teo no me lo habría pedido si no hubiera estado seguro de que el proyecto iba a gustarme.


—Parece que conoces bien a Teo.


—Estudiamos juntos en Harvard.


—¿Harvard? —inquirió sorprendida—. ¿Estuviste en Harvard?


Cualquier otro hombre se habría sentido insultado. Pedro, en cambio, se mostró divertido.


—Para tu asombro… sí —murmuró, viendo cómo se ruborizaba.


—Lo siento, no quería… lo que pasa es que no me parecías…


—¿El tipo clásico de universidad de élite? —le sugirió antes de dar otra calada a su cigarro—. A veces las apariencias engañan. Esta casa, por ejemplo.


—¿La casa?


—Viéndola por fuera resulta difícil saber si es una fortaleza, un castillo o el delirio de un arquitecto. Pero cuando se la contempla detenidamente, resulta que es todo eso a la vez. Una obra intemporal, sobria y poderosa, y al mismo tiempo llena de encanto y fantasía —le sonrió—. Hay gente que piensa que una casa refleja la personalidad de la gente que vive dentro.


Se levantó cuando Coco volvió empujando un carrito con una bandeja.


—Oh, siéntate, por favor. Es un placer tener un hombre en la casa, ¿verdad, Pau ?


—Por supuesto. Tengo el corazón que se me sale del pecho.


—Espero que te guste la cerveza.


—Seguro que sí.


—Prueba estos canapés. Pau, he traído vino para nosotras —deleitada con aquella oportunidad para socializar, sonrió a Pedro por encima del borde de su copa—. ¿Te ha hablado ya Paula de la casa?


—Estábamos empezando a abordar el tema —Pedro bebió un largo trago de cerveza—. En el mensaje que me envió, Teo me decía que había pertenecido a su familia desde principios de siglo.


—Oh, sí. Con los hijos de Susana, mi sobrina mayor, y a somos cinco las generaciones que han vivido en Las Torres. Felipe —señaló el retrato del hombre de gesto adusto que estaba colgado arriba de la chimenea—, mi abuelo, edificó Las Torres en 1904, como una residencia de verano. Su esposa Bianca y él tuvieron tres hijos antes de que ella se suicidara arrojándose desde la ventana de la torre —como siempre, la idea de la muerte por amor le arrancaba un nostálgico suspiro—. No creo que el abuelo se quedara muy contento después de aquello. Hacia el final de su vida enloqueció, y lo ingresamos en un psiquiátrico muy bueno.


—Tía Coco, estoy segura de que Pedro no está interesado en la historia de la familia.


—Oh, interesado no —exclamó, acercando su cigarro al cenicero—.Fascinado más bien, señora McPike.


—Por favor, llámame Coco. Todo el mundo lo hace —se atusó el pelo—. La casa pasó a manos de mi padre, Elias. Era su segundo vástago, pero el primer varón. El abuelo estaba obsesionado con perpetuar la estirpe de los Chaves. La hermana mayor de Elias, Carolina, se enfadó mucho. Hasta la fecha rara vez nos ha vuelto a dirigir la palabra.


—Algo por lo cual le estaremos eternamente agradecidos —señaló Paula.


—Bueno, sí. Es un poquito… avasalladora. Luego está el tío Sergio, hermano menor de mi padre. Tuvo un montón de problemas con una mujer, se metió a marinero y emigró a las Indias Occidentales antes de que yo naciera. Después
de su matrimonio, mi hermano y su esposa decidieron vivir cerca de un año aquí. Adoraban esta casa. Julio concibió unos planes maravillosos para arreglarla, pero trágicamente Delia y él murieron antes de que pudieran empezarlos. Luego y o me vine aquí para cuidar de Paula y de sus tres hermanas. Toma otro canapé, por favor.


—Gracias. ¿Puedo preguntar por qué decidieron convertir parte de la casa en un hotel?


—Fue idea de Teo. Le estamos tan agradecidos, ¿verdad, Paula?


—Sí, tía.


—Pero, para ser del todo sinceras —tomó delicadamente un sorbo de vino—, estamos pasando ciertos apuros económicos. ¿Crees en el destino, Pedro?


—Soy de origen irlandés y cherokee. No tengo más remedio.


—Bueno, entonces lo comprenderás perfectamente. Estaba escrito que el padre de Teo descubriera Las Torres cuando estaba navegando en su yate por la Bahía del Francés, y que de inmediato se enamorara de la mansión. Cuando la cadena St. James se ofreció a comprar la casa y a convertirla en un hotel de temporada, no supimos qué hacer. Después de todo era nuestro hogar, el único que habían conocido mis niñas, pero su mantenimiento era muy caro.


—Entiendo.


—En cualquier caso, no hay mal que por bien no venga. Todo fue tan romántico y excitante… Estábamos a punto de vender, cuando Teo se enamoró de Catalina. Por supuesto, él sabía lo mucho que esta casa significaba para ella, y
concibió el fantástico plan de convertir solamente el ala oeste en una serie de suites de hotel. De esa manera podremos mantener la casa y superar las dificultades financieras para mantenerla.


—Y, finalmente, todos contentos —asintió Pedro.


—Exactamente —Coco se inclinó hacia él, con un gesto de complicidad—. Imagino que, dados tus antecedentes, también creerás en los espíritus.


—Tía Coco…


—Pau, por favor. Tú siempre tan escéptica. Es increíble —le dijo a Pedro —. Toda esa sangre celta que corre por sus venas y no tiene ni un gramo de espiritualismo en el cuerpo.


Paula la señaló con su copa.


—Eso te lo dejo a ti y a Lila.


—Lila es mi otra sobrina —le informó Coco a Pedro—. Es muy fantasiosa. Pero ahora estamos hablando de lo sobrenatural. ¿Tienes alguna opinión formada al respecto?


Pedro dejó su vaso a un lado.


—No creo que se pueda tener una casa como esta sin convivir con un par de fantasmas.


—Ajá —Coco juntó las manos, entusiasmada—. Tan pronto como te vi supe que seríamos almas gemelas. Bianca todavía sigue aquí. En nuestra última sesión de espiritismo la sentí con tanta intensidad… —ignoró el gruñido de disgusto de Paula—. Catalina también participó, y eso que es tan escéptica como Paula. Bianca quiere que encontremos el collar.


—¿Las esmeraldas de los Chaves? —inquirió Pedro.


—Sí. Hemos estado buscando alguna pista, pero es difícil, después de ochenta años. Y la publicidad ha sido una molestia.


—Por utilizar un eufemismo —apuntó Paula, frunciendo el ceño.


—Tal vez aparezca durante las obras de reforma —sugirió Pedro.


—Ojalá —Coco se llevó un dedo a los labios, pensativa—. Creo que se impone organizar otra sesión de espiritismo. Estoy seguro de que tienes una sensibilidad especial.


Paula se atragantó con el vino.


—Tía Coco, Pedro ha venido aquí a trabajar, no a jugar con fantasmas.


—Oh, siempre me ha gustado mezclar los negocios con el placer —levantó su vaso hacia Paula, a modo de brindis—. De hecho, es una costumbre que tengo.


Un nuevo pensamiento asaltó la mente de Coco.


—Tú no eres de la isla, Pedro.


—No. Soy de Oklahoma.


—¿De verdad? Eso está muy lejos de aquí —miró a su sobrina, satisfecha—. Como arquitecto encargado de realizar las reformas, vas a ser muy importante para todas nosotras…


—Me gustaría pensar eso —repuso, desconcertado por la manera en que estaba mirando a su sobrina.


—Los posos del té —musitó entre dientes Coco, y se levantó—. Bueno, tengo que seguir preparando la cena. Espero que nos harás los honores de acompañarnos.


Pedro había planeado echar un rápido vistazo a la casa y después volver al hotel para dormir diez horas seguidas. Pero la expresión de disgusto que vio en los ojos de Paula le hizo cambiar de idea. Una tarde con ella podría ser la mejor manera de reponerse del cansancio del viaje.


—Sería un placer.


—Maravilloso. Paula, ¿por qué no le enseñas a Pedro el ala oeste mientras yo termino de preparar la cena?




CAPITULO 5 (SEGUNDA HISTORIA)




«Es muy bonita» , se dijo Pedro mientras esperaba a que terminara con su perorata. Era alta y delgada. Pero no demasiado delgada: con voluptuosas curvas en los lugares adecuados. 


Daba la impresión de tener una energía inagotable. Le gustaba su barbilla saliente, indicio de tenacidad. Su melena de color castaño se agitaba a cada movimiento que hacía con la cabeza, con verdadera furia.


Tenía unos enormes ojos azules. Y aquella boca fresca, de aspecto tan sabroso…


—¿Ya ha terminado? —le preguntó cuando Paula se había interrumpido para tomar aliento.


—No, y si no se marcha ahora mismo, le echaré al perro.


Dándose por aludido, Fred saltó de sus brazos y emitió un gruñido.


—Parece muy fiero —comentó Pedro, y se agachó para acercarle suavemente el dorso de una mano. Fred se la olfateó, y al instante empezó a mover alegremente el rabo mientras se dejaba rascar las orejas—. Vaya, qué ferocidad…


—Muy bien —dijo Paula, con las manos en las caderas—. Pues entonces iré por la escopeta.


Pero antes de que pudiera buscar aquel arma imaginaria, Coco bajó las escaleras.


—¿Quién es, Paula?


—Un cadáver.


—¿Cómo? —se acercó a la puerta. En el preciso instante en que vio a Pedrosufrió un ataque de coquetería y se quitó como un rayo el delantal—. Hola — esbozó una radiante sonrisa mientras le tendía la mano—. Soy Cordelia McPike.


—Es un verdadero placer, señora —Pedro se llevó su mano a los labios—. Precisamente le estaba diciendo a su hermana que…


—Oh, no —Coco soltó una carcajada de puro deleite—. Paula no es mi hermana. Es mi sobrina. La tercera hija de mi hermano mayor… que era bastante mayor que yo.


—Perdón.


—Tía Coco, este tipo me tiró al suelo en la puerta de la boutique, y luego me siguió hasta casa. Solo quiere meterse aquí por lo del collar.


—Pau, por favor, esos modales…


—Tiene parte de razón, señora McPike —pronunció Pedro—. Su sobrina y yo tuvimos un… encontronazo en la calle. Supongo que no pude evitar apartarme a tiempo de su camino. Y también estoy interesado en ver la casa, eso no puedo negarlo.


—Entiendo —dividida entre la esperanza y las dudas, Coco suspiró—. Lo lamento terriblemente, pero me temo que no me va a ser posible enseñarle la entrada. Estamos muy ocupadas con la boda y…


Pedro se volvió para mirar a Paula.


—¿Se va a casar?


—Yo no, mi hermana —respondió, tensa—. Pero eso no es asunto suyo. Y ahora, si nos disculpa…


—Oh, no es mi intención molestarlas, así que seguiré mi camino. Si son ustedes tan amables de decirle a Teo que Alfonso se ha pasado por aquí, les estaría muy agradecido.


—¿Alfonso? —repitió Coco, juntando las manos—. Dios mío, ¿es usted el señor Alfonso ? Por favor, entre. Oh, perdóneme…


—Tía Coco…


—Es el señor Alfonso, Paula.


—Ya me doy cuenta. ¿Pero por qué diablos acabas de dejarlo entrar?


—El señor Alfonso —continuó Coco—. El mismo del que nos habló Teo esta mañana, avisándonos de que venía. ¿No te acuerdas…? Claro que no te acuerdas, como que no te lo dije —se llevó las manos a las mejillas—. Ay, estoy tan avergonzada de haberlo tenido tanto tiempo esperando en la puerta…


—Oh, no se preocupe —le dijo Pedro a Coco—. Es un error comprensible.


—Tía Coco —Paula no se apartó de la puerta, todavía dispuesta a echar a trompicones a aquel intruso—. ¿Quién es Alfonso y por qué Teo te dijo que esperaba que viniera?


—El señor Alfonso es el arquitecto —explicó Coco, radiante.


Entornando los párpados, Paula lo miró de los pies a la cabeza: desde las puntas de sus polvorientas botas hasta su pelo despeinado.


—¿Es arquitecto?


—Es nuestro arquitecto. El señor Alfonso se va a hacer cargo de las reformas de todo el edificio: tanto del nuevo hospedaje como de nuestras viviendas. Trabajaremos mano a mano con él.


—Llámeme Pedro, por favor.


—Trabajaremos con Pedro… —Coco batió graciosamente las pestañas— … durante algún tiempo.


—Fantástico —repuso Paula, cerrando de un portazo.


Con los pulgares enganchados en las trabillas de sus vaqueros, Pedro le lanzó una lenta sonrisa.


—Eso es exactamente lo que pienso yo.




CAPITULO 4 (SEGUNDA HISTORIA)




Ciertamente aquella antigua historia había gozado de una gran repercusión, reflexionó Paula mientras su tía se deshacía en elogios ante las prendas de lencería que le había comprado a su hermana. A principios de la segunda década del siglo XX, cuando la mansión de Bar Harbor se encontraba en su apogeo, Felipe Chaves había construido Las Torres a modo de opulenta residencia veraniega. 


Allí, en los acantilados de la bahía del Francés, era donde había veraneado con su esposa Bianca y sus tres hijos, y organizado incontables fiestas para los miembros de la alta sociedad a la que pertenecían.


Y allí también había conocido Bianca a un joven artista. Se enamoraron. Al parecer, Bianca se había sentido desgarrada entre sus sentimientos y sus deberes conyugales. Su matrimonio, arreglado por sus padres, había sido un fracaso.


Finalmente, siguiendo los dictados de su corazón y decidida a abandonar a su marido, Bianca había preparado un valioso equipaje que incluía las esmeraldas que Felipe le había regalado con ocasión del nacimiento de su primer y de su segundo hijo. El escondrijo del famoso collar era un misterio y a que, según le leyenda, la propia Bianca se había arrojado al vacío desde lo alto de la torre, presa de la culpa y la desesperación.


Ahora, ochenta años después, el interés por aquel collar se había reavivado.


Mientras los últimos miembros de la dinastía Chaves buscaban alguna pista entre montañas de papeles antiguos, los periodistas y los cazadores de fortuna se habían convertido en una molestia cotidiana. Y Paula se lo había tomado muy mal.


La leyenda, y los protagonistas de la leyenda, pertenecían a su familia. Cuanto antes fuera localizado aquel collar, mejor para todos. Una vez que se resolviera el misterio, el interés no tardaría en evaporarse también.


—¿Cuándo regresa Teo? —le preguntó a su tía.


—Pronto —suspirando, Coco se alisó la camisa roja de seda—. Tan pronto como hay a terminado de arreglar sus cosas en Boston, se pondrá en camino. No soporta estar lejos de Catalina. Apenas habrá tiempo de empezar con las reformas del ala oeste antes de que se vayan de luna de miel —se le llenaron nuevamente los ojos de lágrimas.


—No empieces otra vez, tía Coco. Piensa en el fabuloso trabajo de catering que vas a desempeñar en el banquete de bodas. Te vendrá muy bien. Esta vez, el año que viene sí que podrás empezar tu nueva carrera como cocinera en El Refugio de Las Torres, el hotel más acogedor e íntimo de la cadena St. James.


—¿Te imaginas? —Coco se llevó una mano al pecho, emocionada.


De repente llamaron a la puerta. Fred, sobresaltado, comenzó a aullar.


—Quédate aquí y sigue imaginándotelo, tía Coco. Ya abro yo.


Bajó apresurada las escaleras, seguida de Fred. 


Cuando el perrillo volvió a tropezar, Paula lo alzó en brazos, riendo, y abrió la puerta.


—¡Usted!


El tono de su voz asustó al pobre Fred. Pero no al hombre que había aparecido en el umbral, sonriente.


—El mundo es un pañuelo.


—Me ha seguido.


—Oh, no. Aunque no me habría disgustado hacerlo. Me llamo Alfonso. Pedro Alfonso.


—No me importa cómo se llame usted, porque y a puede dar media vuelta y seguir su camino —se dispuso a cerrarle la puerta en las narices, pero él se lo impidió extendiendo una mano.


—No creo que sea una buena idea. He venido desde muy lejos para ver esta casa.


— ¿Ah, sí? —Paula entrecerró los párpados—. Bueno, pues déjeme decirle algo: esta casa es privada. No me importa lo que haya leído en los periódicos o las desesperadas ganas que tenga de buscar las esmeraldas. Esta no es la isla del tesoro, y estoy harta de conocer a personas como usted, que se creen con derecho a llamar a esta puerta y ponerse a picar de noche en el jardín de esta casa.



domingo, 2 de junio de 2019

CAPITULO 3 (SEGUNDA HISTORIA)




Veinte minutos después, Paula sacaba sus compras del asiento trasero de su coche. Nuevamente cargada de bolsas y paquetes, cerró la puerta con un pie.


Casi se había olvidado del molesto encuentro que había sufrido. Tenía demasiadas cosas en la cabeza. A su espalda la mansión se recortaba contra el cielo, pétrea, con sus artísticas torres y pináculos. Al igual que el resto de su familia, no había nada en el mundo que Paula quisiera más que Las Torres.


Subió los escalones, sorteando una tabla rota, y consiguió liberar una mano para abrir la puerta principal.


—¡Tía Coco! —en el instante en que entró en el vestíbulo, un enorme cachorro de perro, de color negro, bajó las escaleras a la carrera. Cuando poco le faltaba por llegar, rodó como una bola peluda y aterrizó despatarrado en el reluciente suelo de madera de castaño—. ¡Hola, Fred!


Saltando de contento, Fred se puso a correr en torno a Paula, que seguía llamando a su tía.


—Ya voy, y a voy… —alta y distinguida, Cordelia Chaves McPike llegó corriendo. Bajo el delantal blanco, llevaba una blusa y unos pantalones amarillos de lino—. Estaba en la cocina. Esta noche voy a probar una nueva receta de canelones a la italiana.


—¿Está Catalina en casa?


—Oh, no, querida —Coco se atusó el cabello, que se había teñido de rubio claro el día anterior. Como siempre tenía por costumbre, se miró en el espejo del vestíbulo para cerciorarse de que el tono le sentaba bien… por el momento—. Está abajo, en su taller. La verdad es que no tengo ni idea de lo que está haciendo.


—Estupendo. Sube arriba conmigo. Quiero enseñarte lo que he comprado.


—Parece que has vaciado todas las tiendas de la ciudad. Déjame ayudarte — Coco agarró dos bolsas antes de que Paula empezara a subir las escaleras.


—Me lo he pasado genial.


—Pero tú detestas ir de compras.


—Esto ha sido distinto. Lo malo es que me entretuve mucho, y temía no poder llegar a tiempo y esconderlo todo antes de que volviera Catalina —corrió a su habitación para dejar sus compras sobre la gran cama de dosel—. Luego aquel estúpido se puso en medio y se me cayeron todos lo paquetes al suelo —se quitó
la chaqueta, la dobló y la colocó cuidadosamente en el respaldo de una silla—. Y,
para colmo de males, el tipo tuvo el descaro de intentar ligar conmigo.


—¿De verdad? —siempre interesada en romances y aventuras, Coco le preguntó—: ¿Era atractivo?


—Si te gustan los vaqueros de aspecto duro, sí. Mira, encontré todos estos fantásticos adornos para la fiesta que estamos preparando para antes de la boda —mientras Fred intentaba en vano subirse a la cama, Paula empezó a sacar
de las bolsas campanillas plateadas, guirnaldas blancas, globos…—. Me encanta esta sombrilla tan recargada. Quizá no sea el estilo de Catalina pero pensé que podríamos colgarla por ahí… Tía Coco —con un suspiro, se sentó en la cama—. Por favor, no te pongas a llorar otra vez.


—No puedo evitarlo —sacó un pañuelo bordado de un bolsillo de su delantal y se enjugó las lágrimas—. Es una niña, al fin y al cabo. La más joven de mis cuatro pequeñas.


—No hay una sola mujer Chaves que merezca el calificativo de «pequeña» —señaló Paula.


—Vosotras seguís siendo mis niñas. Siempre lo habéis sido desde que murieron vuestros padres. Cada vez que pienso en que ella se va a casar, y ya solo quedan unos días, se me saltan las lágrimas. Adoro a Teo, y a lo sabes — pensando en su futuro sobrino, se sonó suavemente la nariz—. Es un hombre maravilloso, y yo sabía desde el principio que hacían muy buena pareja, pero todo ha sido tan rápido que…


—Dímelo a mí. Apenas he tenido tiempo de organizar nada. No entiendo cómo se puede señalar fecha de boda con tan solo tres semanas de adelanto. Habrían hecho mucho mejor en fugarse.


—Por favor, no digas eso —escandalizada, Coco se guardó su pañuelo en el bolsillo—. Me habría puesto furiosísima si me hubieran mantenido al margen. Y si crees que puedes engañarme cuando a ti te llegue el momento, estás muy equivocada.


—Pasarán años antes de que a mí me llegue ese momento, si es que me llega —meticulosamente, Paula se puso a ordenar los adornos de boda—. Los hombres se encuentran en un lugar muy bajo de mi lista de prioridades.


—Tú y tus listas —replicó Coco, chasqueando la lengua—. Déjame decirte algo, Pau : lo único que no puedes planificar en esta vida es enamorarte. Tu hermana no lo planificó, y mírala ahora. Tu momento te puede llegar antes de lo que esperas. Mira, esta misma mañana he estado leyendo los posos del té y…


—Oh, tía Coco. Los posos del té otra vez no, por favor…


—He leído cosas fascinantes en los posos del té. Después de nuestra última sesión de espiritismo, pensaba que te habías vuelto menos escéptica…


—Bueno, quizá ocurrió algo en esa sesión, pero…


—¿Quizá?


—De acuerdo, algo ocurrió —suspirando, Paula se encogió de hombros—. Sé que Catalina tuvo una imagen…


—Una visión.


—Lo que sea… una visión del collar de esmeraldas de la bisabuela Bianca — pensó, aunque no llegó a decirlo, que le había parecido espeluznante la perfección con que Catalina había podido describirlo, a pesar de que hacía décadas que nadie había visto aquel collar—. Y nadie que hay a vivido en esta casa podría negar que se puede percibir… alguna presencia o fenómeno extraño en la torre de Bianca.


—¡Ajá!


—Pero eso no quiere decir que me vaya a poner ahora a ver cosas en una bola de cristal.


—Eres de miras muy estrechas, Pau. No sé a quién has podido salir. Tal vez a mi tía Carolina. Fred, no te comas el bordado irlandés… —amonestó al cachorro, que estaba mordiendo la colcha de la cama de Paula—. En cualquier caso, estábamos hablando de los posos del té. Bueno, cuando esta mañana los estaba leyendo, vi a un hombre.


Paula se levantó para esconder en su armario las decoraciones que había comprado.


—Viste a un hombre en tu taza de té.


—Pues sí. Vi a un hombre, y tengo el fuerte presentimiento de que se encuentra muy cerca.


—Quizá sea el fontanero. Lleva días diciendo que está a punto de dejarse caer por aquí.


—No, no es el fontanero. Este hombre… está cerca, pero no es de la isla — entornó los párpados, como siempre hacía cuando tenía visiones o ejercitaba sus poderes mentales—. De hecho, está a muy escasa distancia de aquí. Va a formar parte importante de nuestras vidas. Y, estoy seguro de ello, ejercerá una influencia trascendental sobre una de vosotras.


—Que se lo lleve Lila —sugirió Paula, pensando en su hermana mayor —. Por cierto, ¿dónde está?


—Había quedado con un tipo a la salida del trabajo. No sé si era Rod, o Tod, o Dominick.


—Maldita sea —Paula recogió su chaqueta para colgarla cuidadosamente en una percha del armario—. Se suponía que teníamos que revisar todos esos papeles en el almacén. Tenemos que encontrar alguna pista que nos lleve al escondite de esas esmeraldas.


—Las encontraremos, querida —distraída, Coco se puso a curiosear el resto de las compras—. Cuando llegue el momento, la propia Bianca nos lo dirá. Creo que muy pronto volverá a manifestarse.


—Pues yo creo que vamos a necesitar algo más que una fe ciega y visiones místicas. Bianca tuvo que haberlas escondido en alguna parte —frunciendo el ceño, Paula volvió a sentarse en la cama.


No le preocupaba tanto el dinero, aunque se decía que las esmeraldas de la familia Chaves valían una verdadera fortuna, como la publicidad provocada por la compra de Las Torres por parte de Teo, el prometido de su hermana. A partir
de aquel momento, la vieja leyenda había salido a la luz pública. Y los planes de la propia Paula de llevar una existencia tranquila y ordenada se habían visto definitivamente frustrados.